La arquitectura del estudio argentino Luciano Kruk Arquitectos destaca por la claridad formal de sus volúmenes y la rotundidad en su materialidad, fundamentalmente basada en el empleo del hormigón. Sus proyectos, principalmente de arquitectura residencial, como la casa L4 en Costa Esmeralda (Buenos Aires), se han convertido en un catálogo de experimentación entre forma y materia, en diálogo con el lugar donde se insertan.

Siguiendo con los experimentos formales iniciados en el estudio BAK Arquitectos, Luciano Kruk ha continuado su trayectoria profesional a partir de la investigación sobre las posibles relaciones que se establecen entre lugar, programa, forma y materia. Una materialidad radical, que emplea el hormigón desde un punto de vista polivalente. No se trata, únicamente, de un material estructural o de una solución para el acabado de revestimientos. Su carácter moldeable, su textura y color determinan desde la imagen global de las edificaciones hasta su más mínimo detalle.

Los proyectos de arquitectura residencial de Luciano Kruk son buen ejemplo de ello. La casa L4, ubicada en la urbanización Costa Esmeralda (Buenos Aires), se sitúa en una parcela en las inmediaciones del mar, separada de la línea costera mediante una franja boscosa de pinos marítimos. La parcela, poblada igualmente de pinos, es estrecha y alargada, y presenta una ligera pendiente en dirección al mar, y un desnivel de dos metros en su sentido transversal.

La casa se construye como vivienda ocasional, utilizada principalmente en periodos de vacaciones, pudiendo acoger invitados, y planteando la posibilidad de ser alquilada. La edificación se dispone en el centro de la parcela, resolviendo el programa en una misma planta, a partir de un plano artificial que se apoya y salva el desnivel del terreno.

El hormigón, que define el volumen construido, se integra fácilmente en el contexto natural, gracias a su carácter pétreo, su textura superficial y su color. La forma geométrica y rotunda de la casa, y su tonalidad material, no ocultan su carácter artificial, en contraste con la masa arbórea que la rodea. El hormigón posibilita, además, un buen mantenimiento a largo plazo, en una vivienda de uso esporádico.

El programa requerido pedía la mayor independencia posible para los cuatro dormitorios necesarios. Para resolverlo, el arquitecto dispone estas piezas en las esquinas de un cuadrado, liberando la franja central para acoger los espacios destinados a los usos comunes: cocina, comedor y salón. Cada uno de los dormitorios se dota de un baño propio e independiente, minimizando el contacto entre estancias.

La planta, en esa alternancia de noche-día-noche, se organiza a partir de un eje de comunicación transversal, situando la escalera de conexión entre niveles en el centro de la planta, como elemento de articulación de recorridos, delimitación física entre las zonas de estar y cocinar-comer, pero permitiendo, a la vez, la relación visual entre los espacios. El volumen de la escalera perfora la cubierta y se muestra al exterior como una caja acristalada, como un faro en medio del bosque.

El hormigón es el material que define y condiciona la imagen formal de la casa, conformando muros, suelo y techo. La lámina de la cubierta y la lámina del suelo se pliegan para generar los cerramientos ciegos de las fachadas laterales, dando lugar a franjas acristaladas, a la manera de rasgaduras longitudinales. Los frentes se resuelven como grandes acristalamientos que permiten la continuidad visual con el entorno.

La estructura se resolvió mediante muros de carga y perfiles metálicos embebidos en la carpintería exterior, mientras que la cubierta es una gran losa de hormigón con vigas invertidas, que han sido retranqueadas de la línea de fachada, para favorecer una imagen más ligera de voladizos como elementos de protección solar.

Casi como una concesión, la madera se utiliza como revestimiento en el suelo de las terrazas exteriores y en los cerramientos que delimitan el lavadero, ubicado en el nivel inferior aprovechando el desnivel del terreno.

En el interior, la materialidad vuelve a ser determinante. Aquí el hormigón adquiere un carácter mucho más escultórico, resolviendo no sólo la delimitación de los paquetes funcionales de los baños o la compartimentación de estancias, sino acogiendo en su volumen parte del mobiliario. Repisas, estantes y bancadas moldean los planos de hormigón mediante formas rotas y fracturadas.

Ante la gran profundidad de la planta, las superficies de hormigón se perforan mediante franjas, oquedades y pozos de luz, introduciendo dentro del volumen construido variaciones luminosas a lo largo del día. El espacio, que pudiera parecer homogéneo y neutro, se percibe como variable y cambiante gracias a la textura del hormigón, el despiece de su encofrado, los inevitables desperfectos de su construcción, la variación en sus tonalidades y el juego de luces y sombras arrojadas.

Los muros de compartimentación no tocan, en ningún caso el perímetro. El contacto de estas delimitaciones con la fachada siempre se realiza a través de un paño acristalado, reforzando la idea de continuidad visual.

Los dormitorios se pueden equipar con un mobiliario mínimo, puesto que las perforaciones, pliegues y oquedades de los cerramientos de hormigón acogen las funciones de almacenamiento, se convierten en estanterías o se transforman en bancadas.

El elemento de comunicación vertical se convierte en un elemento clave de la percepción interior de la casa. La escalera, de una métrica muy reducida, que permite el acceso a la vivienda, ha sido encerrada entre muros de hormigón. Este pequeño espacio, casi claustrofóbico, conduce al corazón de la casa. El contraste entre este paso estrecho y encerrado, y el gran espacio central, refuerza el carácter abierto e iluminado de esas estancias.